Año: 2009.
Producción: Reino Unido, Holanda.
Duración: 2h03’.
Dirección: Andrea Arnold.
Actores: Katie Jarvis, Michael Fassbender, Kierston Wareing, Rebecca Griffiths.
Calificación: No calificada.
Buen cine.
Mia es una joven de 15 años que vive en uno de los barrios menos favorecidos de Inglaterra. Ha sido excluida de la escuela y de su entorno social, no tiene amigos y toda interacción con cualquier otro ser humano desemboca inevitablemente en una situación violenta. En casa la esperan su hostil madre, quien la considera una delincuente y no se interesa por otra cosa más que sus propios deseos y adicciones, y su hermana pequeña, quien la conoce más por el apodo “puta” que por su propio nombre. Mia está siempre enojada, con todo y con todos. Mia no sonríe, es impenetrable y no le interesa nada de lo que los demás le puedan decir. Mia, además, fantasea con ser bailarina de hip-hop.
Ella se encuentra en un mundo inhóspito, busca expresarse pero casi no tiene los medios para hacerlo, además tampoco tiene muy claro qué quiere decir ya que es aun una adolescente. Encuentra y genera violencia en todos lados, insulta a la gente, le rompe la nariz a una chica, intenta liberar un caballo encadenado y se pelea con los dueños de este. La madre la desprecia y la quiere inscribir en un internado para no tener que ocuparse de ella. Su hermana de diez años fuma y bebe alcohol cuando su madre no está; ella tampoco sabe cómo expresarse, así como tampoco sabe que, a pesar de todo, en realidad ama a su hermana mayor.
Su madre se ha conseguido un nuevo novio y la tensión entre él y Mia es inmediata. Mia competirá con ella y él sabrá ser un buen padre de a ratos, así como también insinuará algunas cosas más. A partir de este momento la realidad de Mia cambiará y buscará algo más, bailará por todo lo que no dice con palabras y a través de la danza hasta se sentirá un poco mejor.

La visión y el estilo de la directora son claros: se ocupa de Mia en casi todos los planos, con encuadres cortos que nos muestran su cara y su torso, pero no mucho más, hay pocos planos generales. La cámara se mueve constantemente, nerviosa pero también conteniendo la energía, amenazando con explotar en cualquier momento, siempre al ritmo del personaje y buscando persistentemente su punto de vista, cercana e inquisitiva, da la impresión que quiere fundirse con ella en una sola cosa.
La fotografía de Robbie Ryan es tan hermosa como acertada, trabaja de manera magnífica el encuadre, el enfoque y los colores; es, sencillamente, cautivante. El diseño de arte también es muy bueno y el sonido tiene escenas casi propias, que la directora aprovecha para mezclar con alguna que otra cámara lenta (a veces bien, a veces no tan bien).
Como sugerí antes, la labor artística se destaca tanto como la técnica, por la calidad narrativa, la consecución dramática de las escenas y el montaje de las mismas (cuando salí del cine la primera cosa que me pregunté fue: ¿qué escena se podría decir que está de más?, y aun no he encontrado la respuesta), los diálogos cortos y literalmente insultantes (bien puestos) y, por supuesto, el desempeño de los actores.

Una de las claves que quizás permitió el buen trabajo de los actores fue el hecho de que la directora decidió rodar la película de manera cronológica y sin darles los guiones completos, sino sólo aquello que rodarían en la semana. Con esto se buscó que los intérpretes crecieran junto con los personajes a medida que la historia se desarrollaba, así como también que fueran capaces de reaccionar de una forma más real ante los sucesos y los choques con el entorno y entre ellos mismos.
M.B.
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